Un año más
Hola, abuelito: Han pasado nueve años desde que te fuiste. Muchas cosas han cambiado acá abajo desde que no estás, pero estamos bien y a pesar de nuestros defectos y errores, aunque nos peleemos, seguimos apoyándonos.
He crecido, me convertí en abogado, como te enteraste días antes de partir y solamente me apretaste la mano en señal de que estabas a gusto con la decisión que había tomado meses antes de empezar mi último año de colegio. Ahora, estudio una maestría y estoy labrando mi camino en la política como te lo dije desde que era muy pequeño y algún día ser el Presidente de todos los ecuatorianos y en algo poder ayudar.
No puedo decir que no me hagas falta, pues estaría mintiendo; en estos nueve años no hay día que no te haya pensado y no hay día en el que cuando debo tomar una decisión, haya pensado en qué habrías dicho o qué habrías hecho tú. Tu voz tosca, ronca, pero a la vez tierna, me sigue retumbando en mis oídos y cuánto no daría por poderte abrazar un poquito más, por una bendición más en mi frente o porque me des un dólar a escondidas de mi mamá para que me compre golosinas. O cubriendo mis travesuras y las de Marcelo cuando le hacíamos maldades a los vecinos. ¡Cuánto te extraño y cuánto te pienso!
Como te decía, creo que he crecido, pero no cambiado mis ideales y convicciones, para mí la familia siempre será lo más grande, con todos sus defectos y errores, así como tú nos enseñaste a todos, con dolor veo que luego de ti hayamos tenido diferencias, que poco a poco vamos dialogando. Mi mamá, tu gorda, está bien; mi abuelita, tu vieja, también, molestosa como ella sola, pero está bien; admito que no tengo la paciencia que tú tenías con ella y eso me llevo también de ti de saber que la mujer de la vida y el amor de la vida de uno sí es posible que venga en un solo paquete. Tu vieja fue las dos cosas y adonde sea que ibas, siempre dijiste que era la más bonita del mundo. Me falta mucho para ser así.
¿Qué si me he enamorado? Pues es una pregunta que te la respondo desde mi incipiente madurez a mis 25 años. He tenido novias en este tiempo, sí. Me he enamorado también, una sola vez y estoy seguro de esta respuesta. Era una chica tan suya, de su familia, de su casa y de sus convicciones, con una experiencia de ausencias muy parecida a la tuya, que estoy seguro la habrías querido más que el resto de la familia que también la quiso y la quiere. Era una mujercita que podía calmar tu tempestad con una sola palabra de aliento, porque siempre tenía las palabras adecuadas; era capaz de alejar mis demonios, porque siempre tenía una palabra de redención en la punta de la lengua. Eso sí, no te habría acompañado a las misas del domingo, porque no era su fe, pero habrían leído juntos la biblia, pero obviamente ella no se habría quedado dormida como tú sí. Traté de seguir tu ejemplo, pero ya me ves, no soy tú y estoy lleno de errores que pasan su factura. Nada es igual desde que todo terminó, pero esa historia te la contaré después. Veremos qué trae el tiempo y lo que hay debajo del cielo donde estás tú.
Me alegra poder decirte que he abrazado nuevamente muchas cosas que había negado, que había perdido y de las que me había alejado, por influencia y buen legado de quien te estaba hablando; también lo he hecho consultando a tu memoria; me alegra poder decirte que no te he olvidado, que te sigo queriendo y que me siento como un niño cuando te pienso, que te sigo viendo en mis sueños brindándome siempre más comida con tu único “aliméntate, pueblo”, me alegra poder decirte que cocino con tu misma sazón, me alegra poder decirte que te llevo en el alma y sé que en el cielo al menos tienes a tu hijo, que también me ha hecho falta.
Abuelito, perdóname por si nos faltó tiempo, por si quizás me he estado equivocando, espero algún día poder parecerme un mínimo a ti. Esta carta sé que ya no puedes leerla, pero al menos se la converso a tu memoria. Te envío un abrazo hasta el cielo, algún día volveremos a comer y en esa ocasión cocinaré yo.
Andy

Comentarios
Publicar un comentario